miércoles, 12 de septiembre de 2012

Discurso de despedida...


Ya desde hace algunos días, quizá semanas he querido escribir algo, palabras que nacen de lo profundo del corazón,  palabras que quizá no he dicho, palabras que me encantaría que supieran antes que yo me vaya.  Y es que si hay algo que tan cierto como la vida misma, esa es la hermana muerte, como la llamaría Francisco.  Por esto mismo quiero dedicar unas cuantas líneas para realizar la homilía que me encantaría que se leyera el día en que me toque partir, ciertamente no tendrá mucho de teológico, pero si mucho de mi propia experiencia de vida.

 Es cierto que a lo largo de mi vida he escrito mucho, sobre muchas cosas: política, religión, amor, Dios; pero siempre han quedado muchas cosas en el aire, palabras que nunca dije, silencios que se volvieron cómplices, miradas que lo dijeron todo.  Hoy al atardecer de mi vida lo único que puedo decir es: ¡Muchas gracias! Gracias a la vida que he llevado, y a Dios quien me permitió vivirla.  Hoy luego de un largo camino recorrido, luego de todos estos sueños que he llevado a cabo puedo decir muy complacido: Señores, ¡He vivido!

Claro, como lo dijo el poeta, este camino, esta historia, mi historia, no ha sido fácil, en ese trayecto lloré, reí, comí, gocé, cumplí sueños, me gané frustraciones, pero puedo decir que en todas y cada una de estas sensaciones hubo alguien que me acompañó: Dios.  Estoy convencido que fue Él quien estuvo sentado conmigo en los autos, buses, aviones y trenes en los que me transporté, Él siempre ha sido una presencia real en mi existencia.  Para nadie es un secreto que soy hijo de una gran mujer, ella siempre me ha reflejado el amor de Dios, que es Padre y Madre, Él me regaló un padre que me enseñó a ser hombre y lo que ello representa.  A ellos dos quiero agradecerles porque yo no he sido lo que en esencia he sido, si ellos no me lo hubieran enseñado.  Fue producto de ese amor que yo llegué a tener dos tesoros mis hermanos, con quienes nos hemos adentrado en la aventura de la vida, hemos sido cómplices, inundamos la casa muchas veces, jugamos y lo hicimos siempre con amor. 

En este nuevo viaje no puedo evitar recordar los lugares que conocí, la gente con la que compartí, mi historia sin duda se ha unido a la de muchas personas, juntos nos hemos encontrado con Dios.  Espero que haya sido en su vida un instrumento fiel, un instrumento que les haya presentado a aquel que a mí me cambió la vida: Jesús.  Me he encotrado con muchas personas, cierto es que nunca fui perfecto, eso se lo dejo a los santos, conocí a grandes y famosos, desde el Papa, obispos y presidentes, hablé de tú a tú con sacerdotes, diputados, doctores y licenciados, pero eso nunca fue un impedimento para que me tirara en el piso a jugar con un bebé, o que me conmoviera, hasta las lágrimas, al ver a alguien sufriendo.  

Quizá nunca lo dije pero lo confieso yo siempre fui muy sensible, a pesar que casi no lloraba, traté de acompañar siempre a los que sufrieron ¿Cuántas veces no quise abrazar a muchas personas que enfrente de mí lloraron? ¿Qué me lo impidió? Claro la respuesta es demasiado obvia para mí: el miedo.  Si el miedo a parecer débil o de hacerme notar como alguien dependiente.  No pude evitar tener siempre aires de independencia, de no necesitar de todas las personas, pero siempre los necesité, mi vida está llena de rostros, de sus rostros, de los rostros de mi familia, de mis amigos, de mis compañeros y de muchos desconocidos, que se volvieron parte de mi vida.

No puedo evitar pensar en todos aquellos que me presentaron a Dios, a los sacerdotes, el padre Héctor, Rolando, Carlos, Pedro y tantos otros.  Mis amigos de la ECO con quienes juntos encontramos a un Jesús que sin lugar a dudas nos cambió el rumbo de la vida y que no nos cansamos de dar a conocer, muy a pesar de nuestras debilidades, a mis amigos entrañables con quienes dimos catequesis o charlamos en muchas ocasiones, mis amigos que juntos nos acompañamos, con quienes lloramos, reímos, nos burlamos, o sencillamente estuvimos el uno para el otro, a ustedes sólo puedo decirles: ¡Nunca pierdan la esperanza, allí encontramos a Jesús!

Cierto es que nunca fui perfecto, que tuve muchos defectos, sobretodo lo criticón y lo sabelotodo, pero es aquí donde puedo decir que fueron muchas las cosas que ignoré, muchas las cosas que nunca aprendí, pero lo que supe, traté de compartirlo.  Quiero pedir perdón si a alguien he ofendido, seguramente no quise hacerlo.

Es así como esta historia llega a su fin, una historia de amor, una historia en la que Dios, yo y ustedes formaron parte, al igual que Amado Nervo puedo decir: Amé, fui amado, el sol acarició mi faz, ¡Vida nada me debes, vida estamos en paz!  Y así quiero agradecerles por estar acompañándome en este camino que me ha llevado a Dios, al Dios del amor, al Dios de Jesús.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Unas palabras sobre el amor...


Si hay algo en esta tierra de lo que ha escrito, dicho, interpretado y malinterpretado, es: El amor; algunos han tratado de definirlo, otros han contado historias acerca de esa lucha intensa que es el amor, se han editado y producido infinidad de novelas, que en cierto sentido han tergiversado lo que es este maravilloso sentimiento; incluso el Papa Ratzinger nos ha escirto una encíclica sobre el tema.

El apóstol Juan define: “Dios es amor”; ya los filósofos se han quebrado la cabeza tratando de definir a Dios y han llegado a una sola conclusión: ¡No se puede definir a Dios!  Los antiguos griegos definían tres clases de amor: Eros, Philia y Ágape, cada uno con sus peculiaridades.  Yo los veo más como un camino, un camino que nos lleva a Dios.  Vemos, por ejemplo, en una persona, un rostro, un amigo, un hermano (Philia) un rostro que nos transmite pasión, deseo, atracción física, sacrificio (Eros) y en cada uno de ellos vemos a Dios (Ágape).

Al empezar a escribir sobre esto me preguntaba: ¿Qué me habla a mí del amor?  Providencialmente oí el llanto de un recién nacido en los brazos de su madre, claro mi memoria voló hace diecisiete años cuando oí a mi hermano por primera vez, o hace quince años, cuando mi hermana apareció en mi vida.  Creo que allí tuve una experiencia de amor.  En esta relación fuimos creciendo los tres, compartimos, vivimos, gozamos y disfrutamos juntos, ellos son rostros de amor puro y sincero, que busca el bien del otro.

¿Qué decir del amor de una madre?  Que sin duda quiere lo mejor para nosotros, a pesar que haya errores, siempre querrá nuestro bien.

En el ir y venir de nuestra vida esos se convierten en rostros que nos transmiten algo importante: ¡A Dios!  Al igual que una madre, Dios quiere lo mejor para nosotros; al igual que un hermano o amigo, Él nos acompaña en esta aventura llamada vida, nos anima y nos muestra el camino que debemos seguir.
Mientras tanto en una pareja se puede llegar a esa plenitud de amor, cuando libremente dos cuerpos, dos almas, se unen en una sola “Ya no serán dos sino uno” se lee en el Génesis, cuando se prometen compañía y fidelidad, ante Dios y los hombres.  Es cierto que se puede justificar mucho con el amor, un joven que sólo busca sexo se puede justificar diciendo: “yo amo”, pero ¿ama en realidad?  Yo estoy convencido que el amor busca el bien del otro, la felicidad compartida “al verte feliz yo soy feliz, aunque no pueda estar contigo” decía un poeta.

Pero si el amor se vuelve dependencia, ya no será amor, sino, egoísmo, tú tienes algo que necesito, es allí cuando ya no somos seres humanos, sino sólo objetos que son “nuestra propiedad”.
El amor verdadero se sacrifica por un bien mayor, una entrega total y desinteresada, una búsqueda de rostros que nos hablan de Dios.

Al pensar todo esto me pregunto ¿Dónde está el amor de Dios en toda esta historia?  La respuesta es absoluta: ¡Dónde no está!  Al ver una flor que tímidamente abre sus pétalos ¡Allí está Dios!, Un ave que canta ¡Allí está Dios!, Un amigo que me abraza ¡Allí está Dios!, Mi madre que me tapa los pies y me da un beso mientras duermo ¡Allí está Dios!, un anciano que lleva de la mano a su esposa, después de muchos años de matrimonio ¡Allí está Dios!, Un joven que escribe versos de amor a su novia ¡Allí está Dios!, un sacerdote entregado que trabaja por su feligresía ¡Todo esto me habla del amor, todo esto me habla de Dios!

Cuándo llegues al final del camino te preguntarán: ¿Has vivido? ¿Has amado? Y tú le descubrirás tu corazón lleno de nombres. Eso es lo único que pido para el final de mis días, poder descubrir en mi corazón a todos aquellos que he amado, y que me han amado, ver en ellos el rostro del Dios del amor.  Y hoy delante de aquel que es el amor, sólo puedo decir: ¡Gracias por amarte tanto!

viernes, 31 de agosto de 2012

Respuestas a las críticas más comunes...


Mientras caminábamos por las calles del pueblo que nos acogió en España, durante la Jornada Mundial de la Juventud, un joven le dice a una española: “Cuando regrese a mi país, no voy a ir a la Iglesia, ya me aburrí de tanta misa y catequesis”.  Yo sentí un balde de agua fría sobre mi cabeza: ¿cómo le voy a decir a alguien que está alejada de la Iglesia, que yo no voy a volver?, ¿cuál era la razón de fondo por la cual viajé hasta España?,  en teoría era para transmitir mi fe, compartirla con otros y tener una experiencia de Cristo Vivo y presente en mi vida, algunos teníamos claro el objetivo, otros no; soy honesto al decir que me dolió la actitud de este joven, en realidad me sentí frustrado, pensaba que todos íbamos por el mismo objetivo.  

Al regresar a Guatemala y ver los videos de la JMJ vi una gran cantidad de videos que algunas personas habían grabado, en donde se burlan de la juventud católica, de nuestras creencias, de nuestros líderes, la gran mayoría eran vídeos en contra de la figura del papa, especialmente en contra de Benedicto XVI, lo más difícil de creer es que eran publicados por católicos, que seguramente no están seguros de sus creencias, que se sentían ofendidos por lo que la Iglesia transmite, que buscan cualquier escusa para atacarla, pero lo que más me cuestionó es que mucho católicos hacemos lo mismo, nos burlamos, hacemos chistes, decimos “soy católico, pero a mi manera”, y llegué a la conclusión que en lugar de sacar a la Iglesia del charco de lodo en el que está, lo que hacemos es echarle más tierra. 

Pero los que atacan la Iglesia han sido muy específicos en ciertos temas, por ejemplo la pederastia, si lo hemos reconocido y nos avergüenza, nosotros los católicos lloramos junto con las víctimas, y somos consientes que hemos fallado al permitir el sufrimiento de seres indefensos que lo que buscan es a Dios, y es algo que estoy seguro que se evitará, "El rostro de la Iglesia está cubierto de polvo y es así que nosotros lo hemos visto. Su vestido está desgarrado por culpa de los sacerdotes (...) Tenemos que aceptar esta humillación como una exhortación a la verdad y una llamada a la renovación. Sólo la verdad salva", nos ha dicho Benedicto XVI, pero les apuesto que muchos de nosotros no oramos por nuestros sacerdotes, por su vocación y fidelidad, y apostaría que más de uno ha hecho más caso a las noticias amarillistas con respecto a este tema, y no vemos la gran cantidad de santos sacerdotes que tenemos, que luchan día a día por las obras de caridad, que alimentan y dan educación a niños de escasos recursos, y que decir de las religiosas que dejan todo de lado por seguir a Jesús en el servicio en hospitales o en zonas de misión.

Otro punto por el que nos atacan es el tema de las riquezas del Vaticano, que lo viví en carne propia al entrar a una de las alas de la Basílica de San Pedro, me cuestionó de sobremanera: ¿será esta la Iglesia que Cristo quiso, me sentía indignado, pero al salir de este museo mi vista bajó a la realidad al ver la gran obra que Caritas Internacional lleva a cabo, al ver a Obispos que luchan por denunciar la pobreza que es generada por las empresas explotadoras, al pagar una miseria a sus trabajadores (en Guatemala tenemos muchos ejemplos), ver a las organizaciones como la ODHA cuya finalidad es dar a conocer la verdad del sufrimiento humano y muchos hemos callado, nos acusan de que con esa riqueza podríamos alimentar a los pobres, yo diría ¡LA IGLESIA LO HACE!, vuelvo al ejemplo de Cáritas o el caso del las Obras sociales del Hermano Pedro o la fundación Manos Unidas que lucha contra el hambre, pero claro eso nadie lo anuncia ¿por qué? Sencillamente porque no conviene que se conozca el trabajo de la Iglesia, y saben lo agradecemos, porque no buscamos la gloria de los hombres, sino, el trabajar por la construcción del Reino de Dios, implementando el respeto a la dignidad de la persona.

También nos acusan de las muertes de la inquisición, de las torturas vividas durante el oscurantismo, y claro hemos cometido errores, de las muertes en la inquisición muchas fueron injustas, si, nos dejamos envolver por el poder, y es una actitud muy humana, no es justificable, ni lo aplaudo; pero me pregunto ¿cuántas muertes inocentes habrá generado el conflicto entre Estados Unidos y Afganistán o Irak?, ¿no se solventaría el hambre con lo que gastan los países para la compra de armas?, claro eso nadie lo denuncia, porque como el poder lo tiene el país del norte, debemos agradarlo, pero es tiempo de que los católicos seamos profetas, que presentemos, con nuestros actos, al Jesús que comulgamos los domingos, al Jesús que nos cambia la vida, al Jesús que trabajó hombro con hombro con los pobres, materiales y espirituales, es tiempo que nos desgastemos por Él, por Cristo, que le demostremos a todos que el mundo se conquista con paz y con amor, como lo hizo Él. 

¿Por qué nos critican por nuestra defensa de la vida?, pregonamos el amor, por esta razón no podemos estar de acuerdo con prácticas que vayan en contra de la vida, las relaciones sexuales fueron ideadas para transmitir amor, no para un placer efímero, para transmitir vida, pero como hombres hemos desvirtuado completamente el plan perfecto de Dios, defendemos a los que no se pueden defender, por eso no podemos estar a favor del aborto y pregunto ¿cuál es el afán que la Iglesia apruebe estas posturas? Estoy convencido porque reconocen la autoridad, reconocen el peso moral que la Iglesia tiene.


Y ahora mis interpelaciones son ¿cuántas veces, como católicos, le hemos tirado más tierra a la Iglesia?, ¿será qué somos como aquel joven que no volverá a ir a la misa porque ya está “aburrido”?; la Iglesia seguirá siendo atacada, y gracias a Dios, porque a la larga, como diría Ignacio de Loyola: “Pido para la Compañía de Jesús persecución, porque si me persiguen es que estamos por buen camino”, no buscamos elogios de los “grandes” de este mundo, buscamos el elogio de Dios, que Él al final de nuestro peregrinar por esta tierra nos diga: “Vengan, benditos de mi Padre, tomen posesión del reino preparado para ustedes desde la creación del mundo.  Porque tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; era extraño y me hospedaron; estaba desnudo y me vistieron; enfermo y me visitaron; en la cárcel y me fueron a verme” (Cfr. Mt. 25, 34-38) y quiero para concluir dejar claro que yo estoy convencido que esta es la Iglesia que quiso Cristo, claro hay cosas que debemos mejorar y trabajar, pero sabemos que Él nos acompaña, es su promesa “y sepan yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos” (Cfr. Mt. 28, 20), esta es mi Iglesia y soy feliz en ella. 

miércoles, 15 de agosto de 2012

Unas palabras de ánimo


Hace un par de semanas viví un momento muy especial, acompañar a unos jóvenes en su retiro previo a vivir el sacramento de la Confirmación, uno de esos momentos más especiales, sin duda alguna, fue cuando ellos se reconciliaban, muchos de ellos no lo habían hecho desde su primera comunión,  pero uno de ellos me marcó, y creo que incluso me ayudó a ver una nueva forma de actuar, este joven se me acerca y muy asustado me dice que no se quiere confesar, por qué, según él, no tendría el perdón de Dios, ya que se consideraba “muy pecador”; más aún  me sorprendió un comentario que me hizo: “Quisiera que nada de esto haya pasado”.  Esto me motivó a preguntarme: ¿Por qué alguien se siente tan sucio para no pedir perdón? ¿Será que nuestros pecados son tan fuertes que no merecen perdón?  ¿Qué es tan fuerte para que alguien quiera cambiar su pasado?

Quizá sean cuestiones personales, pero me han ayudado a mí, como persona, a ver nuevas formas de actuar.  Considero que muchos quisiéramos cambiar muchas cosas de nuestra propia vida, el lugar en el que nací, o la gente que está a mi alrededor, quizá cambiar características muy propias de las personas, no lo sé, sólo sé que muchos quisiéramos hacerlo o por lo menos lo hemos pensado.

Al conversar con este joven me di cuenta de la gran cantidad de afecto y aceptación que nos hace falta como seres humanos, ¿cómo es posible que rechacemos a alguien sólo por qué son “diferentes”?  Cuando en realidad lo que nos deberíamos preguntar sería: ¿Quiénes no son diferentes?  Los hombres y mujeres fácilmente juzgamos, nos reímos e incluso rechazamos a alguien y no nos percatamos de lo que hay en el interior de cada uno, tratamos a las personas como un objeto nada más, que las usamos a nuestro antojo y luego las dejamos de lado.

La verdad me preocupó la situación, cómo este joven, seguro hay muchos más, que se sienten incomprendidos e incluso ofuscados por su situación y esa misma noche me preguntaba: ¿Qué he hecho yo?, rechazo siempre ha habido pero ¿He rechazado yo a alguien?  Me entristeció ver cómo incluso no nos podemos acercar a Dios, porque pensamos que Él mismo nos rechazará, como si Él fuera como nosotros.  Cuando en realidad el mismo Jesús nos muestra un nuevo rostro de Dios, un rostro de amor y misericordia, que sale al encuentro del hijo que despilfarró todos los bienes que se le había dado, y que lo recibe y más aún le hace una fiesta (Cfr. Lc 15, 11-32).

El problema de fondo es que nos han enseñado a sentirnos culpables e indignos delante de Dios por nuestras debilidades, ya que no creemos en el Dios que nos presentó Jesús, ese Dios que sale a nuestro encuentro.  Al hablar con este joven me recordé de los momentos en que más débil me he sentido y recuerdo que son los momentos en los que más cercano siento a Dios, apoyándome y dándome fuerza para continuar.

Por problemas familiares, sociales o de amistades, nos sentimos solos, creemos que el mundo se viene sobre nosotros  que ya no hay más que hacer, es allí cuando se siente la presencia de Dios acompañándote.
Al analizar estas situaciones veo mi vida y el proceso que yo mismo he venido haciendo, soy hijo de una madre soltera, que se unió a un hombre, mi papá, cuando tenía cuatro años, he de decir que eso había generado conflicto en mí, luego llegaron mis hermanos y ya no era yo el “preferido”, pero aún así, logré salir adelante, cierto guardé mucho rencor a mi “padre” biológico, rencor que logré sanar y sobretodo perdonar, fue allí, al perdonar, el momento en el que logré ser feliz.

Es cierto que no considero que mi vida haya sido fácil, pero lo que he vivido lo he abrazado y, como me dijo en una ocasión un sacerdote amigo mío, la convertí en mi Historia de salvación,  no vi esa etapa de mi vida ya, como algo doloroso sino, por el contrario, como un hilo, hilo que se convirtió en un hermoso tapete una tela que sin dudas es única, porque es la mía.  Luego de todo esto llegó algo importante en mi vida: el Encuentro, un encuentro en el que me topé con el hombre que cambió mi existencia totalmente: JESÚS.  Fue en un retiro en que me di cuenta de algo, que no lo había aceptado, que ya conocía a Jesús, pero que no le creía como tal.  Fue durante cuatro días en los cuales entablé relaciones que durarán para siempre, donde encontré verdaderos amigos y, lo más importante, me reencontré con la alegría que tanto había buscado, esa alegría que va acompañada de la paz, que sólo puede venir de Jesús.

Por ello todas las preguntas que me hice al inicio ayer obtuvieron respuestas, en misa mientras todos cantábamos y bailábamos alegres, con esa alegría que sólo puede venir de Dios llegué a la conclusión que no hay nada más grande que Dios, que incluso el pecado nuestro no es tan importante sino Dios que sale a nuestro encuentro.

Allí sentado en esa capilla que tantos recuerdos me trae me pregunté ¿Qué le podrías decir a este joven, que no le encontraba sentido a su vida?  La respuesta sólo pudo venir del Espíritu Santo, que más allá de encontrar algo que hacer, se trata de encontrar a alguien que le dé sentido a nuestra vida, ese es Jesús.  Que no importa lo que se haya vivido, sino lo que me queda por vivir, que no importa tanto cuanto me han amado, sino cuanto YO he amado, que no importa para donde vaya, o mejor dicho, si aún no he encontrado para dónde ir, la certeza de que Dios me acompaña debe ser prioritaria.


Así, con estas palabras le diré a mi amigo la próxima vez que lo vea: “Ánimo, se valiente, ¡Yo he vencido al mundo!”  (Jn. 16, 33)

martes, 17 de julio de 2012

Mi defensa de la felicidad


He de confesar que me gusta mucho leer, y he leído muchas cosas interesantes.  En esa búsqueda incesante de lectura, una buena amiga, me recomendó leer a José Luis Cortés, en su blog en la Prensa Digital.  Él, José Luis Cortés, es un caricaturista, ex sacerdote, que a través de sus caricaturas busca transmitir un mensaje evangélico.
Viendo y leyendo llegué a una caricatura que me dejó impresionado y me hizo pensar mucho, y vean que pienso mucho, en ella un par de hombres estan en una banca, en lo que parece un parque y están tomados de la mano, junto a ella había una leyenda que se leía: “No es Resurrección… Oponerse a que otros sean felices”.

Reconozco que para mí fue muy sorprendente, nunca me había detenido a pensar en ello; Dios quiere que seamos felices, que compartamos nuestras alegrías con los demás.  A ello le sumo que, habiendo terminado de leer “La Teología del Gusano” tenía mucho que reflexionar.  Estas dos lecturas me ayudaron a cambiar unos esquemas que había venido manejando.  Y es que, como hijos de nuestro tiempo, venimos con imágenes de un dios que se goza con más sacrificios y dolores de parte nuestra, que entre más sufriéramos más gloria le dábamos a dios, claro muchos santos lo hacía, como Catalina de Siena o Domingo Savio, pero en ambos casos ninguno es santo por sus dolores.

Al ser hijos de nuestro tiempo y de nuestra sociedad, nos damos cuenta que no somos capaces de compartir, aunque sea un poco, la felicidad de las personas.  Nos llena de envidia el ver felices a los otros, siendo, quizá, lo que nosotros quisiéramos ser o hacer.

Para colmo de males un día de estos, en un concurrido centro comercial, veo a una pareja de homosexuales tomados de la mano.  Claro el “gusano” (haciendo referencia al libro que ya había mencionado) saltó y me incomodó la situación, pero luego reflexioné: Si ellos son felices ¿Quién soy yo para impedírselo?  Si Dios los ama así ¿Quién soy yo para hacerles la guerra? Fue entonces cuando llegué a una conclusión: ¡Defenderé el derecho que todo ser humano tiene para ser feliz.

Estoy seguro que en nuestro corazón hay un deseo por ser felices, todos queremos alcanzarla felicidad, trabajamos por ella, nos sacrificamos por tenerla y, poco a poco nos damos cuenta que no la tenemos.  Porque la vemos como fin y no como medio.  En esa búsqueda desesperada muchas veces la dejamos escapar y se nos olvida disfrutar los pequeños logros de la vida, las sonrisas de los niños o la caricia de nuestras madres.  Pero allí está oculta en los pliegues de nuestra alma, siempre dispuesta a posarse en nosotros mismos.


Confieso que envidio a aquellos que no temen mostrarse como son, muchos quisiéramos hacerlo.  Buscar la felicidad es una necesidad, encontrarla en uno mismo es una gran virtud.  Hoy lo único que puedo desearte es que te puedas encontrar con ella, y que juntos puedan darse a los demás.  

martes, 19 de junio de 2012

¿Jóvenes en la Iglesia o la Iglesia de los jóvenes?


Reconozco que muchas veces, sino es que casi todas, suelo ser poco ortodoxo al hacer mis comparaciones, creo que incluso podría llegar a ser una buena virtud.  Lo cierto es que no tengo otra comparación para este tema.  Hace un par de años vi una película junto con mis amigos: “Transformers 2”; por alguna razón al ver la imagen de un decepticon anciano vino a mi mente la imagen de la Iglesia, una estructura milenaria, que va caminando a paso lento, muy lento.  Esta comparación se amplió luego de mis estudios de teología, sobretodo de eclesiología y creo que empezó a caminar un poco más rápido al llegar Juan XXIII al papado, lástima que quedó en el arranque.

Pasaron un par de años para que pudiera yo participar en una Jornada Mundial de la Juventud, específicamente en Madrid.  Éramos aproximadamente un millón y medio de jóvenes, de todas partes del mundo, con un solo objetivo: dar a conocer a los otros que la Iglesia no se ha estancado, que continua viva, más viva que nunca.  Recuerdo muchos momentos sumamente especiales: el encuentro con las familias en Villamayor de Santiago, Cuenca; la misa de envío de la diócesis; el encuentro con miles de jóvenes.  Ya en Madrid recuerdo la misa de bienvenida, que presidió el Cardenal Roucco Varela, Arzobispo de Madrid, fue un despliegue de liturgia impactante.  Más sorprendente fue toda la logística con la presencia del Papa Benedicto XVI.

Luego de toda esta algarabía, tuve el privilegio de conocer el Vaticano, en algún momento fue un poco chocante lo que allí viví, pero no trataré ese punto aquí. Cierto es que me impresionó ver la cantidad de personas que llegan allí ¡imagínese si todas esas personas se confesaran y comulgaran!, no habría capacidad para tanto en la Basílica San Pedro o en cualquier basílica romana.
Al regresar a Guatemala me puse a pensar: ¿Qué atrae de la Iglesia a los jóvenes?, ¿la liturgia? ¿La comprenderán, sabrán lo que están celebrando, o sencillamente nos hemos quedado estancados en el cumplimiento del “Rito”?

Al hacerles esta pregunta a los jóvenes con los que comparto, muchas veces me he quedado con la sensación que van a la Iglesia sólo “para cubrir el precepto”, no porque haya una verdadera convicción, más aún, es lamentable que en algunos casos prefieren centrarse en un círculo específico y no hacer lo que de verdad vale la pena, y me refiero específicamente a algunos, léase bien: ALGUNOS, que pertenecen al mismo movimiento juvenil que yo, que no se pierden una reunión del movimiento, pero en algunos casos ni a misa van los domingos, ¡qué decir entre semana!, ¿Qué motiva entonces a los jóvenes a ir a la Iglesia? Ojalá fuera una persona: JESÚS.

Y es que teniendo tanta riqueza, espiritual claro está, nos hemos quedado sólo con una parte.  Por ejemplo aquellos que pasan una hora en una exposición al Santísimo, pero que no comulgan cuando van a la Celebración de la Misa, porque sencillamente “Se sienten pecadores”, ¿por qué? ¡Qué alegría tan grande saber que somos invitados a la mesa del Señor!, ¡Nos ama tanto que se ha querido quedar con nosotros!, allí nos hemos quedado únicamente en el rito, y no es que sea malo, es que podemos aspirar a mejores cosas. Queremos que nuestros jóvenes pasen una hora junto a Jesús Sacramentado ¡Pero no les hemos enseñado a orar!   No nos perdemos una procesión en semana santa ¡Pero no somos capaces de respetar y ayudar a nuestro hermano necesitado, a quién tenemos a nuestro costado! Con el fortalecimiento de las redes sociales, todos ponen mensajes de amor de Dios ¡Pero pocos son los que hablan del respeto a la dignidad humana!, llenamos nuestros perfiles sobre el sacrificio de Jesús en la cruz ¡pero pocos hablan de la resurrección!
Por ello me sorprende el gran éxito que tiene, entre muchos jóvenes, la Iglesia, pero sólo como un lugar para “relaciones sociales”, no porque sea un sitio de encuentro con Jesús.  En esas conversaciones que mantengo con algunas personas no me canso de preguntar: ¿Qué buscas: el amor de Dios o al Dios del amor?

Es el momento en que los jóvenes nos comprometamos a trabajar con y por la Iglesia, que los gritos de la JMJ: “Esta es la juventud del papa”, no sean gritos vacíos, palabras al aire.  Es el momento en que los jóvenes nos comprometamos a construir el Reino de Dios en la tierra, hacer de este país un bastión de jóvenes comprometidos por la causa de Jesús, por la causa de los pobres y desfavorecidos, no como búsqueda de la salvación del alma, porque si somos incapaces de ver en nuestro hermano y hermana un alma que pide ayuda, ya habremos perdido nuestra alma.

Espero que la próxima vez que vayamos a la Misa, lleguemos con el corazón dispuesto a ponernos de pie y hacer misión lo que hemos aprendido, ya lo decía San Pablo: “¡Ay de mí si no evangelizo!”  Es un deseo ardiente de mi corazón, una Iglesia EVANGELIZADA Y EVANGELIZADORA, que nunca volvamos a ser CRUCIFICADORA, que sea una Iglesia que ACOJA, no que ahuyente, que abra los brazos para recibir al hermano necesitado, y no una Iglesia que voltee su rostro al que pide ayuda, una Iglesia que PERDONE, no que recrimine o juzgue, yo sueño ¡UNA IGLESIA-COMUNIDAD COMO LA SOÑÓ JESÚS!        


Luis Alberto Guigui      

domingo, 17 de junio de 2012

Padre...


Reconozco que mi blog es mi plataforma personal para transmitir todo aquello que me molesta, que pienso o incluso que me duele.  He ido abriendo poco a poco mi corazón y claro hoy no será la excepción.

Recuerdo que de niño, segundo primaria exactamente, para el día del padre hice un muy bonito carro de madera, ese 17 de junio llegué a mi casa y se lo enseño a mi mamá, y yo le pregunté: ¿a quién se lo daré?, mi madre me dijo que se lo regalara a mi abuelo, claro ese fin de semana yo se lo entregué, curiosamente un año después mi abuelo me lo regalo de vuelta, pero ese no es el punto.  Cuando era niño siempre me preguntaba ¿por qué los otros niños tienen papá y yo no? Me invadía la tristeza de pensar que no tuve a alguien con quién jugar a la pelota, o que me enseñara a bailar un trompo, técnicas que aún no domino y no lucharé por dominarlo. 

Siempre me sentí fuera de lugar, o quizá no me lo daba.  Lo cierto del caso es que al paso de los años mi mamá encontró a un hombre que sí logró llenar ese espacio, que me ha enseñado a ser hombre, que me animó a manejar bicicleta, o me dio las llaves del carro por primera vez para ir a una fiesta, muy a pesar que mi mamá pasó casi llorando esa mañana.  En algún lugar leí que no por tener hijos eso te hacía un padre, más aún un buen padre, pero estoy seguro que Hugo lo ha hecho muy bien, quizá no ha sido un camino fácil, es más ha sido complicado, pero ha sido un camino necesario para nuestro crecimiento personal.  Por ello hoy quiero agradecer porque de verdad ha sido muy importante en ese crecimiento, porque me parezco a él, porque soy como él y quiero ser como él, un hombre triunfador, que hace lo que le gusta y disfruta haciéndolo y eso me llena de orgullo.

Soy producto de la célula de un hombre que no respondió por mí, que llegó a decir: “Sos uno más del montón”.  Pero me enorgullece decir que soy producto de la educación de un HOMBRE íntegro, luchador, responsable, ese si es mi padre.