jueves, 28 de febrero de 2013

Carta abierta al Papa Benedicto XVI


Sabes, desde hace tiempo he querido escribir esta carta, a pesar que sé, nunca la leerás.  Pero sabes Benedicto, aunque no la leas nunca, eso no está divorciado en que yo te exprese lo que pienso y, especialmente, siento.

Nunca olvidaré el medio día de aquel 19 de abril, cuando una compañera nos dice: “Habemus Papam” y yo no pude ocultar mi frustración cuando oí tu nombre: Joseph Ratzinger.  Recuerdo que llegué a mi casa y vi tu primera aparición pública.  En ese momento de mi vida, no estaba tan unido a la Iglesia. 

Pasaron los días y meses, y recuerdo cuando te empezaste a robar mi corazón, fue con un grupo de niños de primera comunión, un gesto bastó para que pensara: “él es humano”.  Esa navidad, 2005, publicaste tu primer encíclica “Deus Caritas Est” nos hablaste del amor de Dios.  Y allí te ganaste mi corazón.
Poco a poco te fui conociendo.  Cuando publicaste tu primer libro, a pesar que no entendía, lo compré y lo leí, allí inició mi peregrinar como lector.  La verdad, Beny, me convenciste y me conmoviste, y eso no lo hace cualquiera.

A partir de eso, fui tu defensor, traté de dar a conocer lo que nos enseñabas, lo que nos expresabas, lo que nos decías.  Todo el mundo estuvo atento a lo que decías, y no faltó quien tergiversó tus palabras.  Todo el mundo quería que fueras distinto.

Es cierto, no fuiste perfecto, pero sabes, eso es lo que más agradezco.  Porque nos demostraste lo humano que eres.  Cometiste errores, si, pero ¿quién no los comete? Pero sabes, nosotros cometimos un error más grande: quisimos que fueras y siempre te comparamos con tu predecesor.  Nosotros que crecimos con Juan Pablo esperábamos que actuaras como él, que te expresaras como él, que fueras él.  Algunos se dejaban apantallar por tu apariencia, te criticaban por cómo lucías y nunca se dieron la oportunidad de escucharte lo que nos tenías que decir.  Lo que más me sorprendió es que la gente que lo decía, nunca oyó algo que haya dicho Juan Pablo II.

Hoy a una hora que dejes el pontificado, me pregunto ¿qué soledad estabas viviendo, Beny? ¿qué pasó en tu corazón para tomar esta decisión? ¿qué sientes en este momento?  Son preguntas que me hago.  Y al verte, al oír tu último mensaje al mundo, antes de pasar al silencio que te acompañará en los últimos momentos, días, meses o años, no me resta más que agradecerte por lo que nos has enseñado.
Pero sabes algo, no seremos egoístas, ya con 85 años has sacrificado siempre lo que has querido hacer, con tal de cumplir lo que Dios te pedía, soñabas, cómo yo, a ser profesor en la Universidad, estando allí te llamó a servir como obispo.  Cuando ya te habías acostumbrado a este servicio un gran profeta te crea cardenal, Pablo VI.  Juan Pablo te llamó a servir como Prefecto de la Doctrina de la Fe, y ya cuando creías que descansarías y cumplirías tu sueño de escribir, te eligen Papa.  Con humildad aceptaste e inició un camino, que hoy llega a su fin.

Es cierto que no te veremos  envejecer, gracias a Dios, porque no soportaría verte sufrir, como vimos sufrir a Juan Pablo.  No esperaremos que las campanas de San Pedro suenen a muerto cuando te encuentres con aquel que has seguido, o que apaguen la luz del apartamento donde vivías.  No serás noticia.  Quizá después de hoy algunos  no recordarán lo que nos dijiste alguna vez.  Pero de algo estoy convencido que habrán muchos que te recordarán, como un papa amable, como el papa de la razón, como un papa que no temió al desafío de seguir a Jesús, como el papa que marcó esta generación.

Hoy, junto con muchos amigos míos podemos gritar: ¡Esta es la juventud del papa!

Con cariño y con mi profundo agradecimiento...


Luis Alberto Guigui. 

martes, 22 de enero de 2013

¿Será esta nuestra realidad?


En este mundo tan necesitado de atención y escucha, los seres humanos necesitamos un momento de reposo y silencio, para descubrir quiénes somos y no lo que hemos creído que somos.
Mientras camino por un concurrido centro comercial de la ciudad de Guatemala, me doy a la tarea de observar a las personas que pasan a mí alrededor,  observo sus gestos, sus comportamientos, en realidad me enfoco más en los más jóvenes, en realidad sus comportamientos me intrigan más.  Los veo y en ellos veo una búsqueda de identidad, de tratar de descubrir quiénes son y a qué mundo pertenecen, esto se manifiesta en que tratan de ser como el artista del momento (Justin Bieber, los chicos de One Direction, etc.) como la modelo de moda.  Algunos de ellos dejan de ser libres, con tal que la misma sociedad juvenil los acepte.  Estos jóvenes se olvidan del ser humano que tienen a su par, abstraídos por el artículo tecnológico del momento (I phone, Black Berry, etc.) pendientes de la respuesta del último “tuit” que “tuitearon” en el “TL” de algún amigo, comparando si el número de seguidores es mayor que el de los que surgen.  ¿Por qué nos está pasando esto? ¡Por qué nos esforzamos en ver si este o aquella persona pertenecen a mi círculo social, deportivo, universitario o, incluso, eclesiástico? Las cuestionantes pueden ser mayores o algunas otras, podríamos analizar varias respuestas, en realidad, yo me quedo con una…
No hemos y no nos hemos dado el tiempo para descrubrir quienes somos y la riqueza que poseemos.  Nos hemos olvidado de la maravillosa creación que somos.  Se nos ha olvidado ver a los ojos a las personas, descrubriendo en el otro la riqueza que Dios ha querido poner en Él.  Nos hemos olvidado de lo pequeño, de lo agradable, de lo gratuito, de disfrutar lo simple.  Nos hemos llenado el cuello de rosarios y cruces para que vean que somos “católicos”, o llevamos una biblia para que vean que soy “evangélico”, pero dejamos el llamado de nuestro fundador a amar nos, a amar los, nos olvidamos de los detalles que nos dan vida.  Nos exigimos perfección, perfección que nos lleva a una gran frustración porque Nunca  la alcanzamos.  A veces, incluso, olvidamos decir lo que queremos decir, porque hemos olvidado las palabras necesarias para hacerlo.

Necesitamos animarnos a ser diferentes, a cambiar el mundo, a no criticar a alguien por ser valiente, por ser diferente, sino, atrevernos a conocer el medio que lo hace ser él, a dar tiempo, vida y energía, que son los mayores bienes que poseemos, a darle a otro ser humano lo que le daríamos a Dios ¡Por qué en él habita Dios! Y nunca olvidar que “La mayor Gloria de Dios es el hombre viviente. 

domingo, 9 de diciembre de 2012

Carta de despedida de Jesús a María


Querida Mamá *:

Cuando te despiertes yo ya me habré ido. He querido ahorrarte despedidas. Ya has sufrido bastante y lo que sufrirás María.

Ahora es de noche, mientras te escribo. El gato me mira como diciendo: “¿Es que no va a poder uno dormir en esta casa nunca?”

Quiero decirte por qué me voy, por qué te dejo, por qué no me quedo en el taller haciendo marcos para las puertas y enderezando sillas el resto de mi vida.  Durante treinta años he observado a la gente de nuestro pueblo y he intentado comprender para que vivían, para qué se levantaban cada mañana y con qué esperanza se dormían todas las noches.

Juan el de las gaseosas, y con él la mitad de Nazaret, sueñan con hacerse ricos y creen de verdad que cuantas más cosas tengan más completos van a ser. El alcalde y los otros ponen el sentido de sus vidas en el conseguir más poder, ser obedecidos por más gente, tener capacidad para disponer del futuro de los otros hombres. El Rabino y sus beatas se han rendido ya a todo lo que signifique esforzarse por crecer y se disculpan haciéndolo pasar por voluntad de Dios.

El resultado es que la mayoría de los días son grises, las soledades demasiado grandes para ser soportadas por hombros normales, la amargura habitual de casa, las alegrías cortas y poco alegres.

A veces, Madre, cuando llegaba el cartero y sonaba la campanilla en la plaza del pueblo, cuando la gente acudía corriendo alrededor, yo me fijaba en esas caras que esperaban ansiosamente, delirantemente, de cualquier parta y con cualquier remitente, una buena noticia: ¡Hubieran dado la mitad de sus vidas porque alguien les hubiera abierto, desde fuera, un boquete en el cascarón! Me venían ganas de ponerme en medio y gritarles: “¡La Buena Noticia ya ha llegado! ¡El Reino de Dios está dentro de ustedes! ¡Las mejores cartas les van a llegar desde dentro! ¿Por qué les repiten que están cojos, si resulta que Dios les ha dado dos piernas de gacela?

Yo me siento prendido por la plenitud de la vida, Madre. Yo me descubro encendido en un fuego que me lleva y me hace contarles a los hombres noticias simples y hermosas, que ningún periódico dice nunca. Y quisiera quemar al mundo con esta llama; que en todos los rincones hubiera vida, pero vida en abundancia.

Ya sé que soy un carpintero sin bachillerato ni licenciatura y que apenas he cumplido la edad para poder hablar en público. No me importaría esperar más, pensarlo más, ser más maduro, “Hacer mi síntesis teológica…” Pero esta tarde me he enterado que han detenido a Juan, que bautizaba en el río. ¿Quién alimentará ahora la chispita de esperanza que aún humea en el corazón de los pobres? ¿Quién gritará lo que Dios quiere en medio de tanto gritos que no quieren a Dios? ¿Quién jurará a los sencillos y a los cansados que tienen derecho a vivir porque son queridos desde el principio del universo?

Hay demasiada infelicidad, mamá, como para que yo me contente con fabricar hamacas para unos pocos… Demasiados ciegos, demasiados pobres, demasiada gente para quien el mundo es la blasfemia de Dios. No se puede creer en Dios en un mundo donde los hombres mueren y no son felices…. A menos que esté del lado de los que dan la vida para que todo eso no siga sucediendo; para que el mundo sea como Dios lo pensó.

Si te he de decir la verdad, no tengo nada claro qué es lo que voy a hacer. Sé por dónde empezar. No sé donde terminaremos. Por lo pronto me voy a Cafernaum, a la orilla del lago, donde hay más gente, y lo que pase tendrá resonancia. Está amaneciendo.

Te escribiré. Te vendré a ver de vez en cuando. Las vecinas, el gato, las estrellas del cielo y Dios nuestro Señor te harán compañía en esa ola inmensa de convivencia fraterna con la naturaleza que los hombres no son capaces de descubrir.

Y cuando hagamos ese pequeño grupo de gente que viva como estamos hechos para hacerlo, podrás venirte con nosotros, llena de gracia, llena de flores, llena de ritmo, ¡Bendita entre todas las niñas de Israel! que me diste en fruto a mí.

Jesús…

*Tomado de "Un Señor como Dios manda" de José Luis Cortés...

martes, 4 de diciembre de 2012

Jesucristo ¿Rey?


 Este domingo la Iglesia celebra una gran fiesta: Jesucristo Rey del Universo.  La liturgia nos invita, en gran medida, a reflexionar ¿Quién es Jesús? Y ¿Por qué al finalizar el año litúrgico celebramos al rey?Pero antes de hablar del rey debemos entender, aunque sea un poco, el reino.  A lo largo del Evangelio Jesús nos da sólo nociones sobre lo que es el Reino, lo demás es pura conjetura; Jesús nos dice que el reino es como un banquete de bodas, cuyos invitados no quisieron ir, que se parece como el sembrador que sale a sembrar, como una moneda que se pierde y luego la encontramos.  Pero a su vez Jesús nos dice que el reino NO es de este mundo pero en otra parte nos dice que el reino ya está entre nosotros, francamente eso me genera conflictos  ¿es o no es de este mundo?

Y yo, opinión muy personal, he llegado a esta conclusión: a pesar que no es de este mundo, nosotros que si lo somos debemos luchar por hacerlo brillar en nuestra sociedad.  El Reino es un lugar donde impera la justicia, la solidaridad, la esperanza, la compasión y sobretodo el amor, porque Dios es amor y donde hay amor allí está Él.


Probablemente como a mí esto me genera algo de conflicto, ya que hemos crecido con la idea que debemos trabajar por el Reino de los cielos, conformándonos con lo que tenemos, agachando sumisamente la cabeza, con lo que tenemos, pero aquí hago propias las palabras de José Luis Cortés “Como están las cosas NO me saben a Dios”A partir de esto ya puedo discernir sobre Jesús ¿Quién es para mí Jesús? ¿Por qué lo sigo? ¡qué tiene Él que no tenga Sócrates, Platón o Aristóteles? Yo ya he tenido mi respuesta Él me da a conocer a Dios, al verdadero Dios.


Pero no es un Dios cualquiera, sino un Dios que es amor y misericordia: UN DIOS QUE ESO OTRA COSA. Hoy que celebramos a Jesús Rey del Universo, me pregunto  ¿Rey de qué o de quién? La respuesta lógica sería: “De mi vida” y eso me cuestiona ¿verdaderamente será Mi REY, lo vivo con TODO lo que soy o me quedo sólo con lo superficial?  Las personas que se me acercan ¿sienten que yo vivo por y para Jesús? Ese es, para mí, un buen examen de conciencia.La invitación que hoy me hago es a vivir coherentemente mi amor por Jesús, que ese amor que siento y por el que vibro me mueva a valorar más a mis hermanos a solidarizarme con los más necesitados, a respetar a TODOS los seres humanos, sea hombre o mujer, maya, chino, iraní, musulmán, judío o ateo, al final de cuentas en cada uno de ellos habita Dios, porque en realidad no entiendo como hay mucha gente que hace mucha reverencia ante el sagrario y al salir no se digna de saludar a quien está a su par; nos preocupamos más por no recibir la comunión en la mano, mientras pasamos de largo el trato digno a las demás personas.Decir que Jesús es mi rey es hacer vida su proyecto, su misión, su mensaje  es anunciar con nuestra vida que hay un mundo más digno, un mundo como el que estaba preparado desde siempre para nosotros un mundo como el que Dios manda, sólo así, con respeto, con amor y solidaridad podemos decir que Jesús es nuestro Rey, porque de nada sirve anunciar a Jesús con nuestros labios, si nuestro corazón no se conmueve con nuestros hermanos. 

lunes, 12 de noviembre de 2012

Un ejemplo de FE


Hace pocos días el santo padre Benedicto XVI inauguró, en el marco del Sínodo de los Obispos y de las celebraciones del 50 aniversario del Concilio Vaticano II, el Año Santo de la Fe.  Un año en el cual los católicos de todo el mundo tendremos la oportunidad de evaluar y celebrar la fe que se nos ha transmitido.  En teoría me centraría en un breve comentario sobre la Porta Fidei, pero hoy el Espíritu Santo me ha dicho que reflexione con algo más palpable, un caso que ha conmovido a mucho, que incluso se ha escrito una canción.

Reconozco que si algo disfruto es ver la televisión española. El pasado uno de noviembre, día en que celebramos a todos los santos, vi una noticia que me entristeció: en una fiesta de Halloween cinco jóvenes fueron aplastados por razones que aún no se han esclarecido, hasta ese momento tres habían fallecido, dos se encontraban en el hospital, una de ellas era Belén Langdon.

Una amiga española, en su cuenta de twitter colocaba lo siguiente: “#TodosconBelén Un ángel se nos ha adelantado”  inmediatamente intentamos averiguar que pasaba, así el mundo se enteraba de la muerte de una chica de 17 años llamada Belén.  Pero ¿Quién era Belén? Es una muy buena pregunta, una joven como cualquier otra, que estaba en una fiesta, la sexta hija de un matrimonio católico, que había dicho que quería donar sus órganos.  Luego del accidente inmediatamente sus amigos hicieron una cadena de oración, la familia nos dio un gran ejemplo de confianza en Dios: “Ella ya está en sus manos, a nosotros nos queda esperar su voluntad” fue el mensaje, parafraseado, que dijo su hermano Borja.  Así falleció una joven, auxiliada por el amor y la fe de una familia que esperaba en Dios.

Muchas veces a lo largo de la vida podemos preguntarnos: ¿Será que Dios quiere que todo esto suceda? La respuesta es más que obvia: NO.  Me ha sorprendido la respuesta que se ha tenido acerca de este caso, pero más aún me ha sorprendido  la reacción de la familia, en esas dificultades se abandonan a Dios, como lo hiciera nuestra Madre María.  Y es que eso es la fe, una confianza absoluta en Dios, que siempre quiere lo mejor para nosotros, una certeza que, aunque no entendamos, Él nos ha prometido que está con nosotros.

En estos momentos de dificultad que vivimos, la fe es nuestra respuesta, esa fe que nos motiva a ir siempre adelante, porque nos sabemos acompañados por aquel que es Amor: DIOS.

Luis Alberto Guiguí
EPJ 140

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Discurso de despedida...


Ya desde hace algunos días, quizá semanas he querido escribir algo, palabras que nacen de lo profundo del corazón,  palabras que quizá no he dicho, palabras que me encantaría que supieran antes que yo me vaya.  Y es que si hay algo que tan cierto como la vida misma, esa es la hermana muerte, como la llamaría Francisco.  Por esto mismo quiero dedicar unas cuantas líneas para realizar la homilía que me encantaría que se leyera el día en que me toque partir, ciertamente no tendrá mucho de teológico, pero si mucho de mi propia experiencia de vida.

 Es cierto que a lo largo de mi vida he escrito mucho, sobre muchas cosas: política, religión, amor, Dios; pero siempre han quedado muchas cosas en el aire, palabras que nunca dije, silencios que se volvieron cómplices, miradas que lo dijeron todo.  Hoy al atardecer de mi vida lo único que puedo decir es: ¡Muchas gracias! Gracias a la vida que he llevado, y a Dios quien me permitió vivirla.  Hoy luego de un largo camino recorrido, luego de todos estos sueños que he llevado a cabo puedo decir muy complacido: Señores, ¡He vivido!

Claro, como lo dijo el poeta, este camino, esta historia, mi historia, no ha sido fácil, en ese trayecto lloré, reí, comí, gocé, cumplí sueños, me gané frustraciones, pero puedo decir que en todas y cada una de estas sensaciones hubo alguien que me acompañó: Dios.  Estoy convencido que fue Él quien estuvo sentado conmigo en los autos, buses, aviones y trenes en los que me transporté, Él siempre ha sido una presencia real en mi existencia.  Para nadie es un secreto que soy hijo de una gran mujer, ella siempre me ha reflejado el amor de Dios, que es Padre y Madre, Él me regaló un padre que me enseñó a ser hombre y lo que ello representa.  A ellos dos quiero agradecerles porque yo no he sido lo que en esencia he sido, si ellos no me lo hubieran enseñado.  Fue producto de ese amor que yo llegué a tener dos tesoros mis hermanos, con quienes nos hemos adentrado en la aventura de la vida, hemos sido cómplices, inundamos la casa muchas veces, jugamos y lo hicimos siempre con amor. 

En este nuevo viaje no puedo evitar recordar los lugares que conocí, la gente con la que compartí, mi historia sin duda se ha unido a la de muchas personas, juntos nos hemos encontrado con Dios.  Espero que haya sido en su vida un instrumento fiel, un instrumento que les haya presentado a aquel que a mí me cambió la vida: Jesús.  Me he encotrado con muchas personas, cierto es que nunca fui perfecto, eso se lo dejo a los santos, conocí a grandes y famosos, desde el Papa, obispos y presidentes, hablé de tú a tú con sacerdotes, diputados, doctores y licenciados, pero eso nunca fue un impedimento para que me tirara en el piso a jugar con un bebé, o que me conmoviera, hasta las lágrimas, al ver a alguien sufriendo.  

Quizá nunca lo dije pero lo confieso yo siempre fui muy sensible, a pesar que casi no lloraba, traté de acompañar siempre a los que sufrieron ¿Cuántas veces no quise abrazar a muchas personas que enfrente de mí lloraron? ¿Qué me lo impidió? Claro la respuesta es demasiado obvia para mí: el miedo.  Si el miedo a parecer débil o de hacerme notar como alguien dependiente.  No pude evitar tener siempre aires de independencia, de no necesitar de todas las personas, pero siempre los necesité, mi vida está llena de rostros, de sus rostros, de los rostros de mi familia, de mis amigos, de mis compañeros y de muchos desconocidos, que se volvieron parte de mi vida.

No puedo evitar pensar en todos aquellos que me presentaron a Dios, a los sacerdotes, el padre Héctor, Rolando, Carlos, Pedro y tantos otros.  Mis amigos de la ECO con quienes juntos encontramos a un Jesús que sin lugar a dudas nos cambió el rumbo de la vida y que no nos cansamos de dar a conocer, muy a pesar de nuestras debilidades, a mis amigos entrañables con quienes dimos catequesis o charlamos en muchas ocasiones, mis amigos que juntos nos acompañamos, con quienes lloramos, reímos, nos burlamos, o sencillamente estuvimos el uno para el otro, a ustedes sólo puedo decirles: ¡Nunca pierdan la esperanza, allí encontramos a Jesús!

Cierto es que nunca fui perfecto, que tuve muchos defectos, sobretodo lo criticón y lo sabelotodo, pero es aquí donde puedo decir que fueron muchas las cosas que ignoré, muchas las cosas que nunca aprendí, pero lo que supe, traté de compartirlo.  Quiero pedir perdón si a alguien he ofendido, seguramente no quise hacerlo.

Es así como esta historia llega a su fin, una historia de amor, una historia en la que Dios, yo y ustedes formaron parte, al igual que Amado Nervo puedo decir: Amé, fui amado, el sol acarició mi faz, ¡Vida nada me debes, vida estamos en paz!  Y así quiero agradecerles por estar acompañándome en este camino que me ha llevado a Dios, al Dios del amor, al Dios de Jesús.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Unas palabras sobre el amor...


Si hay algo en esta tierra de lo que ha escrito, dicho, interpretado y malinterpretado, es: El amor; algunos han tratado de definirlo, otros han contado historias acerca de esa lucha intensa que es el amor, se han editado y producido infinidad de novelas, que en cierto sentido han tergiversado lo que es este maravilloso sentimiento; incluso el Papa Ratzinger nos ha escirto una encíclica sobre el tema.

El apóstol Juan define: “Dios es amor”; ya los filósofos se han quebrado la cabeza tratando de definir a Dios y han llegado a una sola conclusión: ¡No se puede definir a Dios!  Los antiguos griegos definían tres clases de amor: Eros, Philia y Ágape, cada uno con sus peculiaridades.  Yo los veo más como un camino, un camino que nos lleva a Dios.  Vemos, por ejemplo, en una persona, un rostro, un amigo, un hermano (Philia) un rostro que nos transmite pasión, deseo, atracción física, sacrificio (Eros) y en cada uno de ellos vemos a Dios (Ágape).

Al empezar a escribir sobre esto me preguntaba: ¿Qué me habla a mí del amor?  Providencialmente oí el llanto de un recién nacido en los brazos de su madre, claro mi memoria voló hace diecisiete años cuando oí a mi hermano por primera vez, o hace quince años, cuando mi hermana apareció en mi vida.  Creo que allí tuve una experiencia de amor.  En esta relación fuimos creciendo los tres, compartimos, vivimos, gozamos y disfrutamos juntos, ellos son rostros de amor puro y sincero, que busca el bien del otro.

¿Qué decir del amor de una madre?  Que sin duda quiere lo mejor para nosotros, a pesar que haya errores, siempre querrá nuestro bien.

En el ir y venir de nuestra vida esos se convierten en rostros que nos transmiten algo importante: ¡A Dios!  Al igual que una madre, Dios quiere lo mejor para nosotros; al igual que un hermano o amigo, Él nos acompaña en esta aventura llamada vida, nos anima y nos muestra el camino que debemos seguir.
Mientras tanto en una pareja se puede llegar a esa plenitud de amor, cuando libremente dos cuerpos, dos almas, se unen en una sola “Ya no serán dos sino uno” se lee en el Génesis, cuando se prometen compañía y fidelidad, ante Dios y los hombres.  Es cierto que se puede justificar mucho con el amor, un joven que sólo busca sexo se puede justificar diciendo: “yo amo”, pero ¿ama en realidad?  Yo estoy convencido que el amor busca el bien del otro, la felicidad compartida “al verte feliz yo soy feliz, aunque no pueda estar contigo” decía un poeta.

Pero si el amor se vuelve dependencia, ya no será amor, sino, egoísmo, tú tienes algo que necesito, es allí cuando ya no somos seres humanos, sino sólo objetos que son “nuestra propiedad”.
El amor verdadero se sacrifica por un bien mayor, una entrega total y desinteresada, una búsqueda de rostros que nos hablan de Dios.

Al pensar todo esto me pregunto ¿Dónde está el amor de Dios en toda esta historia?  La respuesta es absoluta: ¡Dónde no está!  Al ver una flor que tímidamente abre sus pétalos ¡Allí está Dios!, Un ave que canta ¡Allí está Dios!, Un amigo que me abraza ¡Allí está Dios!, Mi madre que me tapa los pies y me da un beso mientras duermo ¡Allí está Dios!, un anciano que lleva de la mano a su esposa, después de muchos años de matrimonio ¡Allí está Dios!, Un joven que escribe versos de amor a su novia ¡Allí está Dios!, un sacerdote entregado que trabaja por su feligresía ¡Todo esto me habla del amor, todo esto me habla de Dios!

Cuándo llegues al final del camino te preguntarán: ¿Has vivido? ¿Has amado? Y tú le descubrirás tu corazón lleno de nombres. Eso es lo único que pido para el final de mis días, poder descubrir en mi corazón a todos aquellos que he amado, y que me han amado, ver en ellos el rostro del Dios del amor.  Y hoy delante de aquel que es el amor, sólo puedo decir: ¡Gracias por amarte tanto!