miércoles, 14 de marzo de 2012

UN ABRAZO, UNA LECCIÓN


Una imagen vale más que mil palabras, reza el antiguo proverbio, y considero que se ajusta idealmente a lo que trataré, muy humildemente de exponer, y es que en este tiempo en que las comunicaciones están tan aceleradas se nos hace difícil el ver gestos que en su momento trascendieron y que hoy siguen trascendiendo, y que muchos deberíamos aprender.

Corría el mes de enero de 1964, era la ciudad de Jerusalén, dos hombres, uno vestido de blanco y otro vestido de negro, uno era el Papa Pablo VI y otro el Patriarca de Constantinopla Atenágoras I,  se abrazan, como dos viejos amigos que no se han visto en años, quien lo viera desde fuera diría: “es un saludo, nada más…”, pero los que estamos desde dentro sabemos que no fue así…

 Con este abrazo dos líderes, el Papa y el Patriarca, ponen fin a varios siglos de distanciamiento y con ello inicia una nueva etapa de la historia de las dos Iglesias, tanto así que muchos siglos después nuestros pastores siguen hablando de ella: “hace cuarenta años, justamente en enero de 1964, el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras I se encontraron en Jerusalén y se intercambiaron un abrazo fraterno. Ese abrazo se ha convertido en símbolo de la deseada reconciliación entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas, así como profecía de esperanza en el camino hacia la plena unidad entre todos los cristianos.”  (Cfr. Discurso de Juan Pablo II en la solemnidad de San Pedro y San Pablo 2004).

Y creo que si los cristianos de nuestra época tomaran este ejemplo, de que en lugar de buscar diferencias, divisiones, por cuestiones cuyo fin debería ser la unidad, el respeto y la paz; si tan sólo en lugar de tirarnos los platos por lo que dicen nuestros pastores lográramos una verdadera convivencia de concordia, yo creo que nuestra vivencia de fe sería mucho más rica.

Con este abrazo se ponen fin a luchas de poder, a luchas cuyo fundamento fue político, no espiritual o religioso, una lucha de quien tenía la razón, y allí ambos nos dieron una gran lección, no se trata de decir: “Ja ja, te lo dije…”, sino: “Somos hermanos en la fe…”, idioma, rito, costumbre, vestimenta, son cosas que nos separan, pero nos une lo más fuerte: ÉL, Dios.

Es largo el camino que debemos recorrer, es cierto, pero creo que con una actitud de humildad, de atenta escucha al hermano que sigue al mismo Cristo, al mismo Jesús que oró por nosotros: “Que todos sean uno, como Tú, Padre, estás en mí y yo en ti; que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.” (Jn. 17, 21). Recuerden que es Jesús el que nos llamó y el que se entregó por nosotros, Él no hizo distinciones de religiones, murió por todos nosotros y realmente se vuelve ilógico que alguien que predicó el amor y la paz cause tantas divisiones.
Y esa es la invitación que podamos sentarnos un día a tomarnos un café un evangélico, un católico y un mormón, por ejemplo, y podamos hablar de aquel que nos ha enamorado: JESÚS.  Si Pablo VI y Atenágoras pudieron ¿Por qué no podríamos hacerlo nosotros?

Luis Alberto Guiguí
E-140

LOS NIÑOS UN GRAN TESORO



Nuestra vida está llena de gestos, de pequeños detalles que nos alegran la vida, que nos conmueven y hacen nuestro día especial.  Aún recuerdo el 24 de octubre de 2005, al finalizar el Sínodo referente a la Eucaristía, Benedicto XVI se reunió con los niños que harían o hicieron la primera comunión ese año.  Considero que el momento más especial, después de la adoración eucarística, fue la actitud de un niño que se le acerca al papa y le dice: “Santidad, he recibido a Jesús por primera vez el veinticuatro de marzo (…) Te quiero dar un fuerte abrazo y decirte: ¡te queremos mucho!”, el niño sale corriendo y va a los brazos del papa, fue un gesto muy simple que me hizo reflexionar: “Que gran tesoro el que tenemos en los niños”.

Otros innumerables momentos, con niños, fueron los que el Beato Juan Pablo II nos regaló, ver a un pontífice dejando de lado una conferencia de prensa para atender a un niño que gateaba hacia un aparato de sonido, eso no lo hace cualquiera; o dejarse llevar por muchos niños que lo llevaban de la mano; o que se detenía simplemente para saludar a una niña que le gritaba, estoy más que seguro que eso sólo lo hace alguien con el corazón muy grande, y me preguntó: “¿Qué hizo tan grande al Papa Juan Pablo?” yo creo que la respuesta la obtuve viendo un vídeo “Children’s answer:  “We loved him, because he was like us”, but especially because He was like Christ”  (Respuesta de los niños: "Lo amamos, porque él era como nosotros", pero sobre todo porque era como Cristo).


Imagínese si los últimos papas han tenido estos acercamientos con los niños, ¿cuánto más los tendría Jesús?, para ello recuerdo el trozo del evangelio: “se suscitó una discusión entre los discípulos sobre quién de ellos sería el mayor. Conociendo Jesús lo que pensaban en su corazón, tomó a un niño, le puso a su lado, y les dijo: «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre vosotros, ése es mayor».”  (Cfr. Lc. 9, 46-47), y me surge entonces la pregunta: ¿por qué hizo esto Jesús?, para mí la respuesta es muy sencilla: simplemente porque ellos son auténticos, porque tienen una fe viva, conocen a Jesús y lo sienten cerca, lo ven como su amigo, como su compañero de juego, y la verdad es que a mi me encantaría ver a Jesús jugando con los niños, porque así lo veo, en medio de los sencillos, en medio de los humildes, que lo dan todo por él y quizá el ejemplo sea un poco burdo, lo veo como un padre que ve a su hijo por primera vez, que sabe que lo tiene que proteger, cuidar y sobretodo amar, que maravilloso es saberse amado por Dios, estar convencido que todo lo que nos rodea él nos lo da y que no nos pide nada a cambio.

Los “adultos” deberíamos aprender más de los niños que disfrutan su mundo, que aman completamente, que viven intensamente, que pueden correr detrás de una pelota e imaginar que están en el mundial de fútbol, ¡cuánto debemos aplicar esto en nuestras vidas!, son sólo ejemplos, hoy quiero retarlos a que cuando observen a un niño, mientras van manejando o en el bus, o caminando disfruten de la alegría que están viviendo, seguramente ellos están dispuestos a regalársela   , y ese es un gran regalo que Dios nos hace cada día, porque no hay nada más valioso que la sonrisa de un niño “porque el Reino de los Cielos es para los que son como ellos” (Cfr. Mc. 10, 13) y nosotros que buscamos hacer presente el Reino de Dios en la tierra no tenemos porque tratar mal a un pequeño, que son los preferidos de Jesús, no los despreciemos, quizá aprenderíamos más de ellos que lo que nosotros pudiéramos transmitirles.

Luis Alberto Guiguí
E-140